Menú

Recuperar la historia: una iniciativa del colegio público de Granátula de Calatrava

Yo soy Baebio’… Este sencillo lema está cargado de ilusión y simbolismo. Es Baebio personaje ilustre en el devenir histórico de nuestro entorno. Oreto, nuestro pueblo, era para Baebio una tierra fértil, cruce de caminos, culturas, grandes historias y sucesos del día a día que le hacían sentir orgulloso de su origen. Por eso creyó en un futuro mejor para su pueblo y sus 85 mil sestercios (una fortuna para la época) dieron lugar a uno de los grandes símbolos del por aquel entonces Oretvm Germanorvm. Este no es otro que el puente que cruzaba de orilla a orilla los márgenes del río Jabalón. Sus más de 10 ojos han visto como el paso del río de la vida, su historia, ha ido dando cabida en Oreto a íberos, romanos, visigodos y árabes. Por eso, todos somos Baebio, orgullosos e ilusionados por un futuro mejor. Deseamos que nuestro proyecto de historia sea nuestro particular puente y que este nos lleve hacia nuevos horizontes para los que nos sentimos ciudadanos de este pueblo, Oreto… #Granátula

Súmate a a nuestro proyecto con un video en el que digas ‘Yo soy Baebio’, súbelo con el hashtag #YosoyBaebio #Granátula y únete a nosotros, vengas de donde vengas.

 

El volcán Cerro Gordo

Estudió de la Universidad de Castilla La Mancha sobre el Volcán Cerro Gordo.

GRANÁTULA Y LA MANCHA EN EL SIGLO XVIII

Y es que Granátula no era un paraíso idílico en el s. XVIII. Además de la extrema pobreza en la que vivía la mayoría de la población, este siglo fue muy duro: se documentan malas cosechas, fenómenos meteorológicos adversos como inundaciones, sequías, pedrisco, granizo y fuertes heladas; también plagas de langosta,  epidemias de malaria, gripes, etc. que provocan algunas caídas demográficas momentáneas dentro de un crecimiento significativo de la población.
 
En 1712 Granátula había conseguido la independencia plena frente a Almagro, ciudad de la que había dependido en algunos aspectos hasta ese momento. A pesar de formar parte de uno de los países más importantes de la época, con un vasto imperio en declive, la situación era deprimente para la población. La población local era predominantemente agrícola (con cereal, olivo y vid) y ganadera (la oveja estaba muy extendida), analfabeta y profundamente religiosa. Donde valores como la honra, es decir, el respeto y estima que tenían las personas sobre uno mismo era muy importante. La religiosidad era muy fuerte: La Inquisición velaba por el mantenimiento de la Fe. De ahí su enorme poder en el pueblo con una de las casas más importantes, ubicada en la calle el Santo y hoy Casa Rural. Una sociedad imbuida en las fiestas religiosas a lo largo de todo el año. Con ellas se “pedía a Dios, la Virgen y todos los Santos por la protección de las cosechas, la llegada de las lluvias, la buena salud, etc.” Significaba además uno de los medios de entretenimiento de una población deprimida por los problemas y adversidades diarias, con una fatigosa vida agrícola, sometida a la dura climatología que amenazaba las cosechas y por tanto al sustento alimentario anual.
 
En lo que se refiere a la agricultura el regadío era importante , predominando el secano y la baja productividad. Las técnicas de rotación de cultivo y descanso de la tierra eran poco innovadoras, con algún abono natural, con el arado romano como utensilio básico (perduraría hasta el s. XX), jornadas laborales de sol a sol, etc. Los rendimientos del cereal eran bajos, al tratarse de una agricultura de subsistencia: en las tierras de secano se estima que por cada grano sembrado se recogerían 4, aunque la diferencia estribaba en la climatología de la campaña, las zonas y tipo de suelo, con más rendimiento en la zona de la Vega del Jabalón frente a las zonas de cerros o sierra. Peculiares son los sistemas de medidas utilizados en la agricultura, totalmente diferentes a los actuales (toneladas, hectáreas, etc.), aunque todavía se utilizan.
 
La fanega era la medida de peso para cereal, áridos, etc.  equivalente a unos 55,5 litros aunque esta equivalencia era variable según el cereal que se midiese. Por ej. la fanega de trigo equivalía a 44 kilogramos, dependiendo del grosor del grano; y la fanega de cebada correspondía a unos 40 o 42 kilogramos, porque su peso específico es menor, su grano es de tamaño mayor y presenta más paja. A pesar de que la hectárea (ha.) se haya impuesto en España como medida de superficie y represente 10000 m², la fanega era la medida de superficie en aquella época y ha llegado hasta nuestros días para medir parcelas o superficies. La conversión sería fácil: la fanega son unos 6459,6 m². Por tanto, aproximadamente una fanega y media es una hectárea. A su vez la fanega estaba dividida en 2 almudes (medida ya olvidada del vocablo popular); o en 12 celemines (todavía se puede ver en escrituras antiguas de fincas);  o 2 cuartos; o en 4 cuartillas.
 
Con una agricultura de subsistencia, sometida a una dura climatología, siempre hubo problemas de abastecimiento de productos de primera necesidad. Todo esto provocaba consecuencias directas sobre la población: hambre, desnutrición, agravamiento de enfermedades, etc. En época de malas cosechas los productos se encarecían y complicaba su adquisición por parte de la mayoría de la población. Esto se trasladaba a la estatura media, mucho más baja que la actual: algunos estudios a nivel nacional sitúan la estatura media del siglo XVIII entorno a los 1,6 metros, cuando actualmente la estatura media está en 168 (promedio entre la estura media de hombres y mujeres). Alimentación que también afectaría al grosor y calidad de huesos o a una esperanza de vida que giraba entorno a los 25 años.
El mantenimiento de las tasas de natalidad y el ligero descenso de la mortalidad general y mortalidad infantil iban dibujando un acentuado crecimiento de la población. A lo largo del s. XVIII, Granátula experimenta un crecimiento significativo de la población, entorno al 30 %, superando los 2000 habitantes, aunque con avances y retrocesos en el padrón municipal debido épocas de hambre y a epidemias sobre todo que afectan a la población de entre 0 a 7 años. Como se dijo el aumento de la población es uno de los factores que originará el motín de 1766.
 
La sanidad pública estaba representada normalmente por un médico que no tenía ni mucho menos los conocimientos de los médicos actuales. El hospital estaba ubicado en la Calle las Indias, hoy de Ramón y Cajal. El barbero era una alternativa en aquella época en toda España. Famosos son los servicios dentales con instrumentos y herramientas que tenían usos para animales o para bricolage de la época; o las sangrías consistente en extraerle sangre al paciente a través orificios hechos en las muñecas, brazos, etc sumergiendo estos miembros en agua caliente con el objetivo de renovarla, fortalecer al paciente y curarle de enfermedades. En la época predominaban los remedios de hierbas y parafarmacia. Enfermedades como las apendicitis podían causar la muerte si eran muy graves. Las fracturas abiertas significaban en la mayoría de los casos la amputación del miembro para evitar las infecciones. Las fracturas mal curadas ocasionaban cojeras en las extremidades inferiores, o dolores crónicos de por vida si se producían en el resto del cuerpo. Enfermedades como osteoporosis o artrosis estarían muy presentes en toda la población en edades tempranas por la mala nutrición y tareas cotidianas (labores agrícolas, etc.). Los resfriados y gripes eran en la época hasta mortales por las bajas defensas de un sistema inmunitario mal alimentado, con carencia de vitaminas y proteínas esenciales.
 
La dieta era baja en calorías, por la carestía de alimentos de la época, predominando los hidratos de carbono (el consumo de pan y legumbres era habitual), seguido de proteínas y grasas, presentes en huevos de todo tipo de aves, leche, queso, etc., en los productos de la matanza del cerdo o en la carne de oveja, cordero, vaca, toro, o incluso de caballo, buey, aves de corral o aves silvestres (paloma, pato, tordo, gorrión), así como en la carne de caza (con la perdiz, la liebre, el conejo y algún jabalí). Productos como el pescado eran consumidos habitualmente, especialmente durante la cuaresma. El problema era que llegaba de la costa en malas condiciones. Una solución era exprimirle limón encima para contrarrestar el fuerte olor que desprendía tras días de transporte. Se consumía también pescado local, procedente del río Jabalón. Todo ello con una amplia variedad de frutas, verduras y hortalizas procedentes de los huertos locales. Para conservar los alimentos no había cámaras frigoríficas. Lo más parecido eran las cuevas de las casas para conservar los alimentos o pozos de nieve, como el documentado en Granátula en la carretera de la Ermita, a unos 300 m. del pueblo. Estos eran normalmente propiedad de los Ayuntamientos y eran administrados en régimen de arrendamiento. En Granátula se tiene constancia del mismo desde principios del siglo XVIII. Servía para almacenar hielo y nieve recogido en el invierno. Este hielo y nieve servía para aminorar la fiebre de muchas enfermedades como la malaria en época de epidemias. Fueron típicos por toda la Mancha, por ej. Almagro tenía dos. A veces los ayuntamientos toman cartas en el asunto ante epidemias, a modo de iniciativa de protección de la salud pública, y dictan órdenes del precio al que se debe vender la nieve y el hielo para tal fin, evitando la especulación.
 
El comercio estaba muy monopolizado por el Estado y las tiendas de ultramarinos eran el principal recurso para abastecerse. La Plaza Vieja, actual Plaza de España, era el centro en este sentido encontrando el mercado de abastos, carnicería, etc. Las monedas habituales de la época fueron los reales, maravedís, cuartos (como aparece en el texto del pasquín), etc. Durante el siglo XVIII sus valores sufren variaciones. El maravedí era la moneda con el valor más bajo. Por encima estaba el ochavo (2 maravedís), el cuarto ( 4 maravedís) y el real de vellón (34 maravedís). Múltiplos del real de vellón era el ducado (11 reales), el peso (15 reales) y el doblón (60 reales). Además de las monedas de vellón circulaban otras de diferentes metales con valores muy superiores y con otras denominaciones aunque la población al ser pobre no tenía grandes sumas para la compra-venta habitual, de ahí la profunda crisis y hambre de la época.
 
En cuanto a la sociedad, la mayoría de la población la formaban los pequeños propietarios y sobre todo jornaleros, dependientes prácticamente de su fuerza de trabajo para mantener a su familia. La situación de estos años les afecta considerablemente porque durante este siglo XVIII andan en el límite de convertirse en pobres de solemnidad, es decir, en personas que subsisten de la caridad. Eran los más proclives a los desórdenes sociales y a protagonizar motines de subsistencia. Estos jornaleros eran una especie de “proletariado rural” formado por asalariados, peones o temporeros, dependientes de los grandes casas y fincas. Su salario variaba según recolecciones e iba desde obtener un puñado de monedas, ropas y calzado a tan solo la manutención y un camastro donde dormir. Remuneración que contrastaba con otros oficios como los de la construcción, donde un maestro podía cobrar de 10 a 20 reales sin contar comida y techo donde dormir;  o el salario de los oficiales amasadores o los peones que llegaban a cobrar entre 5 o 10 reales. Los mejor pagados eran los cargos públicos, ya de por sí una clase social privilegiada, que recibía altos ingresos.
Esta carencia de dinero para comprar alimentos básicos llevaba a la población a buscar otros medios para alimentarse. Por ej. la matanza donde los embutidos, etc. se obtenían al sacrificar el cerdo después de haberlo alimentado todo el año con harinas y productos de deshecho. Otro medio era poseer un huerto propio donde se obtenían frutas, hortalizas y verduras de todo tipo.
 
Cuando había necesidad de otros productos básicos o servicios era necesario trasladarse a otras localidades para encontrarlos. Aparece aquí el concepto de distancia que se aproximaba a la de un hombre que caminaba a pie, que a veces posee su asno o caballo (medio de transporte y de trabajo muy exclusivo en la época); o se enrola en algún coche, tartana, galera, carro, etc. Algo que ha perdurado hasta bien entrado el s. XX. Las carreteras eran caminos de tierra apisonada por el tránsito diario de todo tipo de vehículos, animales y personas. Las jornadas hacia Almagro duraban un día si se iba y venía a pie; varias horas o incluso otro día si se iba en burro. Almagro era el centro administrativo, judicial, etc. de la comarca y el reclamo de la mayoría de los productos y servicios que no se encontraban en Granátula. Algo que se ha ido sustituyendo por Ciudad Real en las últimas décadas del siglo XX. No obstante se iba a por lo imprescindible o por causa mayor. El puerto del “Reventón” era un enemigo más contra el largo camino polvoriento, seco y caluroso en verano; embarrado y frío en invierno; y a veces inseguro por la existencia de bandoleros y ladrones.
 
Dentro de Granátula existen familias como los López Carretero, los Nieto, Fontecha, López Cañizares, etc. que destacaban económicamente y luchan como veremos por los cargos públicos a lo largo de esta etapa final del Antiguo Régimen. Incluso podríamos clasificarlos por diferentes grupos según su trayectoria familiar: hidalgos de descendencia guerrera; hidalgos de ejecutoria (latifundistas de fortuna); hidalgos empobrecidos; labradores acomodados; labradores “de medio pesar”; pequeños burgueses que tenían el molino, un viñedo, etc. Recordemos que en esta época final del Antiguo Régimen surge una primera burguesía, en este caso rural, que especula y comercializa con ciertos productos agrícolas. Como se dijo anteriormente; en el siglo XVIII surge el grupo de los poderosos, fruto de la unión entre los hidalgos y villanos ricos. Se beneficiaron de las crisis agrarias durante el s. XVIII. Sus miembros   controlaban el municipio y sus amplias esferas de influencia. Tal es así que se perpetúan en el poder consiguiendo los cargos públicos en Granátula. Para ello estaban aliados estratégicamente con otros familiares o personajes ajenos a la misma. Por ej. Los Fontecha y los Carretero, a pesar de sus rivalidades, también se apoyaron mutuamente en ocasiones. Con ello controlaron el municipio entre 1758 a 1766, consiguiendo una hegemonía imparable y rentables usufructos, con sucesiones en las Alcaldías y lucros con los pastos. Se alternaban disimuladamente sin burlar la legalidad. Durante este periodo disfrutaron de propios, manejo de los caudales y granos del pósito, reparto de impuestos, ostentación de la primera instancia judicial, etc.
Junto a estas familias acaparan un enorme poder social cargos públicos como el del cura, el médico, el maestro, etc. Podemos decir que salvo las zonas de nueva urbanización como el Parque, Piscina y campo de fútbol; cercados y chalet del final de la calle Aldea y calle las Pilas, el final de la calle duque de la Victoria, etc. el casco urbano era prácticamente igual al actual.
 
El municipio carecía de alumbrado público y red de suministro de agua en las viviendas, siendo los pozos públicos o los de dentro de las casas los lugares de captación del agua. Tampoco había calles pavimentadas como las actuales, siendo la mayoría de tierra apisonada por el tránsito peatones y todo tipo de bestias y vehículos. En la época de lluvia se convertían en barrizales. Tampoco había red de desagües ni de alcantarillado público. Sólo existían los corrales para realizar las necesidades, verter los desperdicios, etc. donde animales y aves domésticos los aprovechaban. Esta carencia de alcantarillado facilitaba que el agua se acumulara formando lagunas en diversas partes del pueblo siendo focos de infecciones y epidemias como veremos más adelante.
 
La higiene personal era básica y no había conocimiento por parte de la población de infecciones por microorganismos. La ropa de vestir, ropa interior o calzado eran muy diferentes a los actuales, tanto en material, en comodidad o en cuanto al mantenimiento de la “higiene” de la misma. A esto hay que añadir que la gente tenía un contacto directo y continuo con sus bestias de carga y animales de compañía, animales de cría, etc. ubicados en corrales con todo tipo de vertidos. Esta relación era tan cercana que a veces, por necesidad propia de la época, se compartían habitaciones con los animales para recibir su calor en el invierno, el forraje para dormir mejor por las noches o porque no existía más espacio, confundiéndose la vivienda con las cuadras. Al estar en continuo contacto con ellos y sus excrementos aumentaban las posibilidades de infecciones. Estas casas estaban hechas en su mayoría con pareces de tierra, techos de material vegetal y sus suelos no estaban impermeabilizados como los actuales (con ladrillos, baldosa o gres) facilitando la humedad en las épocas de lluvia y a la larga infecciones, gripes, etc.
 
Aunque es en el siglo XVIII cuando se empiezan a construir los cementerios modernos como medida sanitaria (alejados de la población para evitar agentes patógenos y olores), en Granátula y pueblos de alrededor, los difuntos se seguían enterrando cerca de ermitas, iglesias, etc. dentro la localidad, lo que provocaba olores nauseabundos en épocas de calor y sobre todo en épocas de epidemias, cuando la mortalidad se disparaba, facilitando la propagación de la misma. La Mancha era una zona muy dada a estas catástrofes durante el siglo XVIII: se documentan epidemias de “fiebres tercianas” (es decir, malaria o paludismo)  con muchas muertes. Tal es la necesidad de realizar sepulturas que a veces se realizaban sin ningún tipo de orden ni metodología, provocando la exhumación de cadáveres de pocas semanas o meses. Cuando la densidad de fallecidos era alta se extraían los huesos de las sepulturas más antiguas y se llevaban a habitaciones aisladas. Iglesias, monasterios, etc. contaban con osarios donde los huesos eran depositados sin ningún tipo de criterio. Por ej. la Iglesia de Santa Ana tenía una habitación para tal servicio en el cuarto trastero.
 
La Granátula que esperaba a Espartero a finales de este siglo (nacería el 27 de febrero de 1793), tenía varios focos de infecciones importantes. Tanto es así que había continúas epidemias de paludismo (o malaria), por tener zonas de inundación en el mismo casco urbano fruto de la propia orografía y de la carencia de alcantarillado. Zonas como el Navajo, calle las Pilas, los barrancones (al final de la calle Aldea y calle Herrería) eran las zonas hacia donde tendía a acumularse el agua en la época de lluvias, por ser las zonas “más bajas” del municipio. El problema proviene de las lluvias procedentes de la sierra que tenemos al norte de la localidad, con cerros entorno a unos 700 a 900 metros, que vierten parte de sus aguas hacia Granátula, que también tiene forma cóncava (recuérdese que estamos en un maar y durante toda la historia ha facilitado la aparición de lagunas en su depresión). Actualmente este problema está resuelto por la red de alcantarillado y por las acequias que retiran ese agua de los arroyos hacia el oeste (Barranco de las Minas) y hacia el este (parajes de Canal y Montero, cerca de la carretera del Moral). Pero en aquella época no existían estas soluciones con lo que todas las aguas iban hacia el pueblo formando lagunas. El estancamiento del agua y la llegada del buen tiempo con altas temperaturas (durante la primavera y el verano) era el caldo de cultivo para que afloraran enfermedades como el paludismo. Por ej. el parásito del paludismo encontraba en este ambiente su medio natural. La base de su transmisión son los mosquitos hembra. Al alimentarse de sangre humana introducen un parásito de la especie Plasmodium. La malaria o paludismo podía ser mortal a causa de los estados febriles, náuseas, diarreas, etc. agravado también por la desnutrición, hambre, resfriados, complicación de otras enfermedades como neumonía, etc.
 
En Granátula como en La Mancha se documentan durante el siglo XVIII todo tipo de enfermedades como el mencionado paludismo, gripes, etc. además de enfermedades por carencia de vitaminas como el escorbuto; o problemas derivados del hambre y la desnutrición, por ej.  problemas dentales, producidos por la mala alimentación y el escaso cuidado dental, con la ausencia de muchas piezas dentales desde edades tempranas y sobre todo según avanzaba la edad.
Las más graves eran las epidemias de paludismo, que se repetían cada ciertos años de manera más o menos intensa, con casos aislados durante la primavera-verano de cada año.
 
No solo en Granátula ocurría esto. En toda España y en La Mancha aparecen este tipo de enfermedades que reducían considerablemente la población: Miguelturra sufrió graves epidemias a lo largo del s. XVIII por tener lagunas e inundaciones, Moral, etc. Incluso la población de la “pedanía” de Granátula, cercana a la finca de la Caridad, Añavete, tuvo que emigrar hacia Granátula y Moral a finales de la Edad Media y durante la Edad Moderna para librarse de esta enfermedad producida por las lagunas de Añavete. Caso que también se extendería a la población de Zuqueca.
 
En 1785 por ej. se produjo una de las epidemias de paludismo más importantes en La Mancha aunque Granátula no estuvo muy afectada. Contaba Granátula con algo más de 2000 habitantes. En la relación de enfermos redactada por el párroco, alcalde, médico, etc. había 172 personas enfermas, de las que murieron 6. En muchos pueblos cercanos la situación de los enfermos fue tal que la epidemia coincidió con la cosecha de cereal por lo que faltaron “brazos” para realizar las tareas agrícolas, lo que originaría la falta de grano, con la consecuente subida de precios y salarios. Las familias ricas y pobres pasaban hambre y muchos labradores debían vender sus reservas de grano para comprar medicinas.
 
En el siglo XVIII cobra especialmente interés la creación de pósitos, almacenes de venta y préstamo de grano. Aunque también había otros como la Casa de las Tercias, o almacenes privados. Los pósitos debían ofrecer sus stock a precios prefijado por el gobierno local y nacional. Como se dijo anteriormente eran la salvación ante épocas de malas cosechas porque la población podía obtener grano y harinas para fabricar pan (base de la comida de la época). A los agricultores les permitía asegurar la simiente ante épocas de mala cosecha, a través de préstamo con sus correspondientes intereses. En Granátula por ej. el pósito estaba ubicado en la plaza de la Constitución, en la actual Casa de Cultura. El palacio de las Tercias estaba en la calle el Santo, dando una de sus fachadas al callejón del Santo.
A veces, cuando la carestía era grande y la extracción del grano estaba prohibida, en La Mancha se da mucho el asalto a carruajes con grano. Grupos de personas apostadas en los caminos sustraían el grano por la fuerza a los transportistas. Cuando ya no había nada que “echarse a la boca” los documentos hablan de que la población“…se comía hasta las yerbas por lo que pueblos enteros de la zona enfermaban”.
 
Otro factor de preocupación, actualmente olvidado, fueron las plagas de langosta. Se dan hasta el siglo XX. Hubo varias a lo largo del s. XVIII. La más debastadora para las cosechas fue la de 1782-3. En Granátula, Calzada, Aldea, Almodóvar, etc. arrasan los cultivos de cereal, olivos y vides. Para combatir el insecto se utilizan diferentes métodos: piaras de cerdos, se hacen corrales de fuego quemando aulagas, zanjas para que cayera el insecto, se cazaban con sacos, buitrones, etc.. Pero no se puede hacer nada. En Granátula los agricultores se afanan en levantar las siembras pero de poco vale dar una reja tras otra si no se espera el tiempo suficiente para eliminar el insecto y permitir la recuperación del suelo.
 
La climatología es quizá el factor fundamental para la economía agrícola de este siglo. Durante el invierno de muchos años hay heladas, fríos rigurosos y nieves. En primavera se documentan algunas granizadas y pedriscos que echan a perder las cosechas, vides, olivos, frutales, etc. Pero lo que más abundan son las sequías. Algunos especialistas afirman que en algunos tramos del siglo XVIII hubo una climatología ligeramente más cálida producida por la entrada de masas de aire cálido sahariano en la Península. Estas corrientes facilitaron no sólo la sequía, sino las mencionadas epidemias por la corrupción de las aguas estancadas.
Fueron muchos los años en los que las lluvias de abril y mayo, importantísimas  para sacar adelante la cosecha, son nulas o escasas. Concretamente el periodo de 1762 a 1765 es el de peores cosechas, producidos por la sequía, y un factor mas que desencadenaría los motines de 1766 en toda España y el famoso pasquín de Granátula.
 
Por Juan Manuel Donoso Gómez

Resurge el Geyser en el Campo de Calatrava

geyser-abr-2013Un nuevo ‘géiser’ de agua, que arroja agua a más de dos metros de altura sobre la superficie del terreno y expulsa una importante cantidad de dióxido de carbono (CO2), ha aparecido en Bolaños de Calatrava, un municipio de la región volcánica del Campo de Calatrava, en la provincia de Ciudad Real.

El ‘hervidero’ de agua podría haber surgido de manera espontánea o como consecuencia de la actividad humana sobre el terreno, según ha comentado hoy a Efe Rafael U. Gosálvez, del Grupo de Investigación Geomorfología, Territorio y Paisaje en Regiones Volcánicas (Geovol) de la Universidad de Castilla-La Mancha que dirige la profesora Elena González Cárdenas.

Gosálvez ha recordado que la aparición de este fenómeno, que coloquialmente se les ha llevado a denominar ‘géiser’, no es nuevo en esta región volcánica, puesto que con anterioridad en los años 2000 y 2011 también aparecieron en los términos municipales de Granátula de Calatrava y Bolaños de Calatrava.

Ha apuntado que en la región volcánica del Campo de Calatrava a cierta profundidad del terreno existen importantes concentraciones de dióxido de carbono (CO2) que pueden salir a la superficie acompañadas de agua, si las bolsas que lo contienen son perforadas al realizar pozos, o sufren alguna alteración como consecuencia de la recarga de los acuíferos.

El profesor ha comentado que miembros del grupo se van a desplazarse en los próximos días al lugar donde ha aparecido el hervidero para tomar datos y estudiarlo y ha subrayado que el Campo de Calatrava es la zona de mayor gasificación difusa que existe en todo el vulcanismo europeo occidental.

Así quedó demostrado en un trabajo del Instituto Volcanológico de Canarias (Involcan), en el que colaboró el grupo Geovol.

Éste ha advertido que la desgasificación difusa está ligada al vulcanismo del Campo de Calatrava y esta manifestación, en ocasiones, se canaliza a través de fracturas en el terreno y fuentes naturales dando lugar a la emisión continuada y de grandes cantidades del CO2 a través de hervideros y fuentes agrias.

En otras, se canaliza en fenómenos como la sima de Granátula de Calatrava o los chorros que han aparecido en los últimos años.

Un ejemplo de que la región volcánica del Campo de Calatrava es la zona de mayor gasificación difusa del vulcanismo europeo, ha dicho, es que el estudio que realizó Involcan en 2011 sobre el último hervidero, estimó que éste llegó a arrogar a la atmósfera 40 toneladas diarias de CO2.

Entonces dicho chorro, que llegó a alcanzar el 1,5 metros de altura sobre la superficie, permaneció activo durante seis días en una zona asentada sobre un pequeño maar (cráter volcánico hidromagmático) que estaba alineado con otros edificios volcánicos cercanos como el maar de La Celada y el volcán de Las Herrerías.

En el año 2000, la perforación de un pozo para riego en Granátula de Calatrava originó la aparición de otro ‘gran chorro de agua’, que llegó a alcanzar cerca de treinta metros de altura.

El chorro, que se conoció coloquialmente como el ‘géiser de La Mancha’, llegó a estar expulsando agua durante más de seis meses y, entonces, se apuntó que pudo arrogar a la superficie un hectómetro cúbico de agua, cantidad similar a la que sería necesaria para llenar por completo el estadio Santiago Bernabeu de Madrid.

La comarca del Campo de Calatrava en una de las regiones volcánicas más importante de la Península Ibérica, en donde la muestra de esta actividad ha dejado a la vista más de 200 centros de emisión volcánicos, repartidos a lo largo de unos 5.000 kilómetros cuadrados de superficie.

Batalla de las Navas de Tolosa

Joaquín Baldomero Espartero, de cómo resumiría su vida…

El General EsparteroMe bautizaron Joaquín y apellidaron Baldomero-Espartero Álvarez de Toro. Mi madre se puso de parto un 27 de febrero de 1793 en Granátula de Calatrava, Cuidad Real y fue allí precisamente donde el destino me brindó una feliz infancia entre mis nueve hermanos.

Desde el principio, mi padre un simple carpintero de carretas, procuró que mis pasos se dirigiesen hacia los de un futuro hombre de iglesia. Tres de mis hermanos y una hermana ya lo eran pero yo no sentí esa vocación y por respeto no sabía muy bien como hacérselo saber son herirle. ¡Quien diría por aquel entonces que la invasión francesa me serviría de excusa para distraer sus proyectos!

Estudiaba artes y filosofía en la Universidad de nuestra Señora del Rosario de Almagro cuando nos invadieron los gabachos y me alisté en el regimiento de infantería de Ciudad Rodrigo junto a otros jóvenes para luchar contra ellos. Participé en la batalla de Ocaña, el asedio a Toledo y terminé en Cádiz como coronel de artillería. Si algo de bueno tenía la guerra era que nos permitía ascender vertiginosamente en el escalafón. Estuve destinado en Chiclana, Tortosa, Cherta y Amposta.

A partir de mi primer disparo, se podría decir que casi pasé un cuarto de siglo adherido a mi arma. Una vez expulsados los franceses y a punto de cumplir los 22 años acudí a la guerra de las colonias en el Perú a bordo de ‘La Carlota’ como oficial. En América pasé nueve años de mi vida y solo cuando regresé decidí encauzar mi vida hacia otros derroteros matrimoniando con Jacinta Martínez de Sicilia. Ella era una joven heredera que vivía en Logroño y me trasladé allí a vivir pues su dote al fin me brindaría la posibilidad de invertir en cosas a las que mi salario de militar nunca llegaría.

Participé en la primera guerra Carlista como general de las tropas Isabelinas y en contra del tío de la reina Isabel, el hermano del difunto Fernando VII pues el infante Don Carlos María Isidro que se quería hacer con la corona alegando su mejor derecho al trono como varón que era.  Mis triunfos en esta contienda contra los Carlistas, sobre todo a mi paso por Bilbao, Durango, Guernica y Villafranca me fueron recompensados con varias mercedes; entre ellas dos cruces laureadas de San Fernando, la gran cruz de Carlos III y la más grande de las condecoraciones, el Toisón de Oro.

Ser nombrado diputado en Cortes por Logroño en mis primeros pasos como político no fue nada con lo que me esperaba ya que pasado un tiempo sería agraciado con los títulos de Príncipe de Vergara y dos veces más grande de España con los ducados de la Victoria y Morella. El condado de Luchana y el vizcondado de Banderas quedarían en la retaguardia de mis múltiples nombres para que a mi muerte pudiese también honrar a los más pequeños de aquella prole que esperaba tener aunque ya por aquel entonces se hacía esperar demasiado.

Se que algún desgraciado envidioso osó comparar mis ascensos y lealtad para con la reina con los del defenestrado Godoy pero a mi aquello me resbalaba ya que aquel hundió a España en la miseria mientras que este servidor únicamente trabajaba para enaltecerla.

Las ideas liberalistas que calaron en mí desde la primera vez que las escuché cuando estuve en Cádiz mientras elaboraban la primera Constitución Española apodada por todos como ‘La Pepa’ se hacían cada vez más palpables en mi criterio político. Por ellas precisamente me exigía a mí mismo tanto o más de lo que cualquiera hubiese esperado de mí y sé que mis subordinados sufrían mis demandas con cierta reticencia, pero estaba claro que nada se lograría sin tesón, esfuerzo y suma eficacia. Las ocho veces que me hirieron en el campo de batalla apenas me pesaron sabiendo que serviría como ejemplo a la disciplina militar de mis oficiales.

Cuando fui nombrado presidente del Consejo de Ministros en 1840 tuve que dimitir por no encontrar el apoyo suficiente a mis propósitos pero vengado quedó mi desaliento cuando la mismísima reina regente, María Cristina; después del motín de la Granja de San Ildefonso y el alzamiento de otras grandes ciudades en su contra se exilió a Francia dejando en mis manos la regencia de la corona de España y de la mismísima reina niña en su minoría de edad.

Los 169 votos de las Cortes a favor de mi regencia contra los 103 que mi opositor  Agustín Argüelles por fin me dieron la victoria absoluta en 1841. Mi dura política fiscal y mi autoritaria de gobernar no gustó y los alzamientos se sucedieron hasta que nos vimos obligados a bombardear Barcelona causando más víctimas de las deseadas. Muchos de mis asesores me advirtieron entonces de las consecuencias que aquello me podría acarrear pero muy a mi pesar no encontré otra solución para salvar a España de la debacle en la que estaba sumida.

 Fue tal la presión a la que estuve sometido que al final por no causar más derramamiento de sangre, me vi obligado a disolver las cortes en 1843 y voluntariamente exiliarme en Inglaterra. Cuando cuatro años después la reina Isabel me nombró senador y embajador plenipotenciario de la Gran Bretaña, supe que el tiempo de reconciliación no estaba lejano y que muy pronto regresaría con el reconocimiento debido. A la espera de ello, los ingleses me agasajaron de mil y una maneras a pesar de que mi voluntad no era otra que vivir en el exilio austeramente.

Cuando al fin regresé decidí pasar lo mas inadvertido posible en mi casa de Logroño. Solo asistí al bienio progresista como ministro junto a mi antiguo y querido amigo el general O, Donnell.

Pasados aquellos convulsos años y cuando en 1868 la reina Isabel II fue destronada, Prim y Pascual llegaron a ofrecerme la corona de España pero la rechacé. Cumplidos los ochenta, ya no me sentía con fuerzas para luchar por mi patria como antaño y al plantearme estos la duda de a quien nombrar Rey de entre varios candidatos, esta fue mi respuesta:
«Díganles de mi parte que la abandonen por completo y que alarguen el paso en el camino de la constitución monárquica del país. Que desistan de traer al solio español a ningún príncipe extranjero porque eso sería prolongar la peligrosa interinidad en que vivimos…»

El elegido finalmente fue Amadeo de Saboya que apenas fue coronado vino a visitarme en Logroño. Le recibí con prevención pero al conocerle bien después de los dos días que estuvo alojado en mi propia casa pensé que podría ser un buen Rey de España. S. M. agradecido por los mil y un consejos que le di en cuanto regresó a Madrid me otorgó el tratamiento de Alteza Real y Príncipe de la Vergara.

No sería el último gobernante de una ideología u otra que llegué a conocer ya que expulsado el anterior y durante la primera república vino a visitarme Estanislao Figueras y a posteriori restaurada la monarquía de nuevo le seguiría el Rey Alfonso XII. A este último por mi avanzada vejez, no pude ir a recibirlo a la estación como me hubiese gustado.  Viví mis últimos años tranquilo y acompañado por mis amigos y vecinos hasta que murió Jacinta mi mujer. La soledad me invadió al no haber querido Dios concedernos la concepción de un solo hijo y sería mi sobrina Eladia la que me atendería los últimos meses de mi vida por lo que en agradecimiento le dejé mi fortuna.

La leyenda de la Encantá. Arqueología en Granátula

23 de Junio. En Granátula…
ESTE SÁBADO TOCA… NOCHE DE SAN JUAN Y DE LA LEYENDA DE LA ENCANTÁ

22,30 horas (tras el partido de fútbol): En el Pósito/Casa de Cultura:
Esta Noche compartiremos cuentos, historias y leyendas de Granátula

Escucharemos relatos como los pollitos del bandolero Juan Vicente, el Proceso de Inquisición por hechizos para atraer hombres, la novia pastora comida por el lobo, las leyendas de las Cuevas… o la Leyenda de la “Encantá”.
(En la imagen, Cueva del Pozo de la Nieve, de la que algunos dicen se comunica con la Cueva de los Moros)

Y el sábado 30 de junio… también en Granátula, Este sábado toca…
JORNADA DE ARQUEOLOGÍA
Lugar: El Pósito/Casa de Cultura
A cargo de José Lorenzo Sánchez Meseguer
10 H.: Taller de Arqueología. Los participantes pueden llevar huesos (cocidos) de caña de vaca o de pierna de cordero, arenisca (piedra de asperón), lajas de pizarra…
20 H.: Café-tertulia: La Encantada y el Bronce de La Mancha.

El reloj de la torre

Subimos con Julian a la torre de la Iglesia a dar cuerda al Reloj. Unas fotografías curiosas del reloj de Granátula.

La Regencia de Espartero

LA REGENCIA DE ESPARTERO (1840-1843)

La constitución del Ministerio-Regencia bajo la dirección de Espartero el 16-10-1840, significó un cambio de rumbo en la situación por la que atravesaba España. Una vez que quedó abolida la fatídica ley de ayuntamientos; la fama y el apoyo popular del nuevo mandatario contribuyeron al inmediato repliegue del proceso revolucionario y a que la situación política del país comenzara a discurrir por los cauces de la normalidad; a pesar de las exigencias de sectores radicales del progresismo, pronto desautorizados por Espartero, que pretendían cambios y reformas políticas al margen del texto constitucional.

En la cúspide de su gloria el primer problema político, al que tuvo que hacer frente el jefe del gabinete, fue poner en vigor una nueva regencia de acuerdo con lo que establecía la propia Constitución de 1837 (según la cual, en sus artículos 57 y 60, la regencia podía ser desempeñada por 1,3 ó 5 personas según decisión parlamentaria, a quién también correspondía su decisión), circunstancia que marcó el inicio de una lenta pero progresiva erosión política cuyo final fue su caída del poder. Como buen militar y en consonancia con unas lógicas apetencias de prestigio y poder pretendía ser elevado al cargo de Regente único en contra de una importante facción de su partido, que se inclinaba por la regencia de tres. La votación conjunta del Congreso (con mayoría progresista) y Senado (con mayoría moderada) el 20-5-1841 se decidió por la regencia unitaria y por la persona de Espartero (179 votos), gracias a la decisión de los moderados de apoyar su candidatura en detrimento de la de Agustín Argüelles (103 votos). La decisión de los senadores moderados estaba perfectamente orientada al despresdtigio del general, cuyo orgullo e incapacidad política conocían y esperaban su rápido deterioro político si gobernaba en solitario en lugar de asociado a otras personalidades del progresismo con mayor capacidad y pericia en la cosa política.

 Los problemas de la Regencia de Espartero: A pesar de la fama y predicamento popular del nuevo Regente, pocos gobernantes han sufrido un proceso de desprestigio político tan rápido y radical como el que vivió este en sus poco más de dos años de mandato (el pueblo español que había proclamado a Espartero como su ídolo, pasó en poco tiempo “de la ideolatría al entusiasmo, del entusiasmo a la adhesión, de la adhesión al respeto, del respeto a la indiferencia, de la indiferencia al odio, y del odio a lanzarlo a tierras extrañas donde pudiera entregarse al olvido de sus funestos errores o al melancólico recuerdo de sus glorias pasadas”),

La designación de regente había fracturado el partido progresista en dos facciones (unitarios y trinitarios); unas diferencias que se fueron ahondando a medida que el Regente en simpleza militar (creía que la labor y las funciones de un jefe de estado no excluían su capacidad de mando y decisión), comenzó a implicarse en la constitución de ministerios sin tener en cuenta los deseos y opiniones de los principales dirigentes del partido y a nombrar para los principales puestos de la milicia a militares pertenecientes a su cículo de allegados (los “Ayacuchos”) saltándose escalafones y méritos militares; lo que levantó el consiguiente malestar entre muchos generales que pronto pasaron a la oposición y, en su mayoría, a integrarse en una organización secreta antiesparterista (“la Orden Militar Española”) dirigida por el “gran espadón” de los moderados: Ramón Mª Narváez y financiada por María Cristina desde el exilio parisino. Un acontecimiento relacionado con la actuación de elementos del ejército vino a provocar un estado de opinión generalizado contra Espartero. En octubre de 1841, fracasó un intento de golpe castrense contra el Regente en el que estaba implicados generales del prestigio O´Donell, Concha, Montes de Oca y Diego de León; la aventura terminó con la condena y ajusticiamiento de este último el 15-10-1841, a pesar de las unánimes voces que se levantaron en todo el país para que Espartero amnistiara al afamado héroe de Belascoaín, sin duda uno de los generales del ejército español más queridos y admirados por el pueblo (viva Isabel II gritaba mientras moría).

Así pues la actividad de la oposición no tardó en encontrar terreno abonado, ensanchándose paulatinamente sus bases a medida que transcurría el periodo y como consecuencia de los continuos desaciertos de la política gubernamental. Las ya de por sí tensas relaciones entre la Santa Sede el régimen liberal español desde que en 1835 abandonara España el Nuncio de su Santidad, alcanzaron su punto álgido con la política anticlerical del gobierno y, en concreto, el relanzamiento y ampliación del proceso desamortizador (se aceleran las medidas progresistas y así se completa la desamortización con la expropiación y venta de los inmuebles que la Iglesia tenía en la ciudades), la renovada obligación de juramento constitucional al clero y el proyecto de Ley de Jurisdicción eclesiástica del 13-12-81; lo que provocó una serie de episodios que llevaron a la práctica ruptura de las relaciones entre Madrid y Roma (una denuncia papal por el estado de cosas por el que estaba atravesando la Iglesia en España, fue considerada por el ministro de justicia como una “declaración de guerra contra la seguridad pública y la Constitución” procediendo de inmediato a la supresión de la Congregación para la Propagación de la Fe; lo que dio pie para que el Papa respondiera con una encíclica condenatoria 22-2-1842), y al creciente malestar entre los católicos españoles.

El progresivo debilitamiento del apoyo social a Espartero sufrió un brusco acelerón como consecuencia de la política económica desplegada por sus gabinetes. En este sentido hay que situar el origen del conflicto en la relativa liberalización de las importaciones de productos manufacturados que recogía la polémica ley de Aranceles de 1841, normativa que venía a sustituir la de 1825 y claramente contraria a los intereses de la burguesía industrial catalana que veía en la relativa liberización de los textiles británicos, la ruina de la industria nacional al abrirse el mercado español a tales productos.

El malestar de los catalanes se extendió por todo el país para adquirir perfiles de agitación social cuando se corrió la noticia de que el Regente iba a sancionar un tratado comercial con Inglaterra en el que, entre otras cuestiones, se contemplaba la cesión de algunos enclaves territoriales en la Guinea española. (algunos islotes deshabitados para establecer carbonerías).

En los últimos meses de 1842, la ciudad de Barcelona, cuya actividad económica se vio paralizada como consecuencia de la crisis general que entonces afectaba a toda Europa, fue escenario de un movimiento subversivo contra el gobierno del Estado a cuya política arancelaria se achacaban todos los males por los que atravesaba Barcelona.

La contundente respuesta de Espartero no se hizo esperar; el 3 de diciembre de 1842 él mismo personalmente dirigió la represión del alzamiento sometiendo a la ciudad a un bombardeo sistemático desde Monjuic (400 edificios destruidos o incendiados), y una vez controlada la situación, impuso una contribución especial a los barceloneses. La implacable actitud del Duque de la Victoria, dispuesto a sentar el principio de autoridad en buena lógica castrense a cualquier precio, arruinó su prestigio político al perder desde ese momento el apoyo incondicional que le había dispensado la influyente burguesía industrial catalana, cuyos elementos mas significativos pasaron a engrosar el partido Moderado.

Disueltas las Cortes en enero de 1843 y celebradas elecciones; la inestabilidad política que vivía España lejos de desaparecer fue creciendo ante la cada vez mayor incapacidad de Espartero para formar gobiernos estables por el rechazo de los dirigentes progresistas a brindarle su apoyo parlamentario (fracaso del ministro Rodil, dimisión de José María López y oposición frontal al gabinete Gómez Becerra). El enfrentamiento entre el poder ejecutivo y el congreso de los diputados hizo que progresistas y moderados cerraran filas contra el Regente, después del famoso “Dios salve al país, Dios salve a la Reina” con que concluyó un demoledor discurso el 20 de mayo de 1843. La inmediata clausura y disolución de las Cortes por parte del gobierno fue la señal para que se generalizara un movimiento revolucionario en las principales capitales del reino, en el que moderados y progresistas hacían causa común en el objetivo prioritario de expulsar al Regente del poder. El enfrentamiento entre fuerzas militares al mando del general Narváez y un ejército comandado por el general esparterista Seoane en Torrejón de Ardoz el 21-7-1843 decidió la suerte del alzamiento y el obligado exilio a Inglaterra del Duque de la Victoria.

 

Texto de Enrique Aguilar Gavilán.