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Sentimientos de un jubilado

SENTIMIENTOS DE UN JUBILADO

Por Rafael CASTELLANOS SOLANA

Sres. Políticos: Podría decirles mi nombre, pero prefiero vivir en el anonimato porque soy un jubilado más en este país que ustedes dirigen. Soy un emérito que se encuentra en la misma situación que muchos otros-  ¡tantos otros!- Toda mi vida trabajando, desde los nueve años ¿Para qué? Para que después de ochenta y nueve que tengo- entre los que incluyo cincuenta cotizados- me encuentre en la misma situación de antaño. Bueno, no en la misma situación. Yo diría contundentemente que peor que la que me tocó vivir

Veo como mi vida para nada ha servido. Es esta la sensación que tengo, Sres. Políticos.  Trabajé en la mina veintitantos años. Después de camarero y, en los últimos años, en la construcción.

Nunca me hice rico con mi trabajo. Con mi- siempre escaso- sueldo solamente tuve para pagar mi casa, criar a mis hijos, comprar un pequeño coche, pagar las facturas de la luz, las del gas, las del teléfono y alguna vez que otra- y no todos los años- para disfrutar no más de una semana de unas merecidas vacaciones con mi familia y tomarnos muy de vez en cuando alguna que otra cerveza, porque no todo iba a ser trabajar.

Con aquel pequeño sueldo de aquellas calendas tuve para casarme, para ir montando poco a poco mi casa, porque entonces no era como ahora. Entonces los novios no se casaban con toda la casa puesta. ¡Qué va! Cuando juntábamos un duro podíamos comprar ora la nevera, ora la tele, ora la cama. Y cuando la casa estaba- después de años de novios- montada entonces se casaba uno, muy diferente de ahora que hay que llevar los mejores muebles, la mejor televisión, el mejor lavavajillas, el mejor coche. ¿Saben donde fregaba mi mujer los platos de la comida? En un barreño, en un mísero barreño porque no había lavavajillas ni Dios que lo fundó.

Pero éramos felices, muy felices. Teníamos para ir tirando, que se decía entonces. Nada  nos sobraba pero tampoco nada iba faltando. Lo que teníamos era conseguido con mucho esfuerzo y por eso sabíamos el verdadero valor de las cosas. Nadie nos regaló nunca nada. Lo que tenía cada uno lo sudaba en su frente antes y, además, teníamos la seguridad de un futuro; sabíamos que el trabajo era seguro y duradero. Nadie pensaba- entre otras cosas porque nadie o casi nadie lo sabía- lo que era una oficina del INEM, ni mucha gente sabía lo que era estar en el paro.

Todo esto fue una vez casado. Con veinticuatro años que teníamos mi mujer y yo. Pero antes, con nueve años como dije al principio, tuve que abandonar la escuela, bueno, la escuela… la escuela, lo que se dice la escuela pues no. Mis padres me llevaban a casa de D. Félix- el cura- quien, junto con el médico y el boticario, eran los que, se suponía, sabían más en el pueblo.

Como iba diciendo, me llevaban a D. Félix quien, armado de no poca paciencia, me enseñaba las cuatro reglas básicas de matemáticas, álgebra y alguna que otra ecuación; cosas que, con el tiempo, e ido olvidando porque no tuve que utilizarlas nunca en mi vida, solamente me quedé con las sumas, las restas y alguna que otra multiplicación y/o división.

También me enseñó aquel curita a leer y escribir, pero durante poco tiempo pues mis manos hacían falta en casa para trabajar. Recuerdo algo de gramática, de literatura, algo de ortografía pero poco más, de hecho éstas líneas han sido corregidas por mi nieto mayor, que tiene treinta y nueve años y es ingeniero agrónomo, pero para nada le sirve porque está en el paro ¿Saben?

Fueron pasando los años y me casé, vinieron los hijos y no hice otra cosa en esta vida que trabajar y trabajar para criarlos y sacar mi casa adelante.

Y es ahora, después de todos estos años, cuando me doy cuenta que he pasado la vida trabajando para que me quede una mísera jubilación que no me da ni para pagar los gastos básicos de mí casa, la luz, teléfono, gas.

Aún así tengo que darme con un canto en los dientes porque no le debo nada a nadie, solo la vida a Dios, quien no tardará mucho tiempo en llamarme porque estoy operado de cáncer de próstata y, aún así, anda por ahí algo de metástasis.

Escribo esta carta porque, de la pensión que me dan- bueno, no me dan nada gratis, que se sepa, pues para eso he cotizado- desde el gobierno, he visto como me han deducido un porcentaje y, claro, si no llegaba a fin de mes con el cien por cien de la misma ¿Cómo voy a hacerlo a partir de ahora? Porque yo no tengo la culpa de que ustedes, los políticos, nos hayan metido donde estamos y no sepan cómo salir.

Pero esto no es lo peor. Lo peor de todo esto es que, de los tres hijos que tengo, uno todavía está soltero y lo tengo en casa. Por si fuera poco está en paro y se le acaba la ayuda dentro de tres meses. Nunca ha tenido un trabajo estable porque siempre ha ido encadenando trabajos: en la construcción, en la hostelería…

Y pregunto ¿Qué hago yo con mi hijo? ¿Dónde lo meto? ¿Dónde lo coloco? Porque a mi hijo, al igual que a mí, no le va a quedar ninguna paga vitalicia como sucede con ustedes  que, sin dar un palo al agua, sin saber qué van a hacer con este país, van a tener la vida resuelta una vez que dejen sus poltronas en el Congreso.

¿Es esto justo? ¿Creen que es razonable que, llevándonos a la ruina como nos están llevando, les quede una paga de por vida? Una paga para ustedes y para sus hijos que tendrán ya la vida resuelta, no como el mío y como el de muchos padres que, como yo, están en la misma situación.

Si me decidiera a enviar esta carta a algún político no crean que esperaría respuesta pues seguramente la archivaría el secretario o secretaria particular en la papelera, que es donde va a acabar nuestro pobre y desvencijado país por culpa de ellos.

Solamente  quisiera decir una última cosa. Quien escribe esto ha sido y es un trabajador de toda la vida; un trabajador que tiene callos en las manos; callos de trabajar duro en la mina, en la construcción, y no como estos politicuchos- y no quito a ninguno de ningún partido- estos de ahora que se vanaglorian de ello, a quienes no pienso darles otra oportunidad, no al menos con mi voto, si es que alguna vez los hube votado porque jamás he pisado, ni pisaré, un colegio electoral.

No quiero terminar ni despedirme sin decir que también me tocó vivir la guerra, no directamente pues no estuve en el frente, pero allí fue donde perdí a mi padre y a mi hermano y por ello tuve que comer muchos días las mondaduras de las patatas cuando las había y cuando no… había que joderse y aguantarse.

Gracias señores políticos por la atención que me han dispensado. Me despido con la convicción de que todavía hay muchas cosas que me dejo en el tintero, pero por hoy creo que es suficiente.

Si ustedes tuvieran dos dedos de frente- cosa que dudo- podrían intentar arreglar lo que llevan desarreglando durante estos últimos años y si no se vieran capaces tengan la dignidad de reconocer que no están preparados y dejen el puesto a quien, con mucho trabajo, pueda sacarnos de ésta.

Reciban un saludo y gracias por haber llegado hasta aquí, señal inequívoca de que, al menos, les ha gustado el argumento de estas escuetas líneas.

Dado en un lugar de La Mancha cuyo nombre es mejor que no sepan nuestros políticos, no sea que les de por venir a tocar más los cojones, a tantos de tantos del año cuánto.