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El Obispo Meoro

Anacleto MeoroD. Anacleto Meoro Sánchez nació en Granátula el día de 13 de julio de 1778. A los dos días de nacimiento sus padres D. Antonio y doña Josefa lo bautizaron en la Iglesia de Santa Ana poniéndole el nombre de Anacleto José. Fue bautizado por el prior del hábito de Calatrava D. Alonso Treviño y Carrillo y confirmado a los 4 años junto a sus hermanas Eusebia e Hijinia de manos del arzobispo auxiliar de Toledo y titular de Constantina D. Felipe Pérez de Santa María.

Se licenció como letrado, doctor en cánones, ejerciendo posteriormente en el arzobispado de Toledo y en el obispado de Cartagena diversos cargos de judicatura eclesiástica. Fue vicario capitular y gobernador eclesiástico de ésta última en 1825.

La Reina lo propuso para cubrir la vacante de la diócesis de Almería el 12 de septiembre de 1847. El 16 fue designado mediante un real decreto del Ministerio de Gracia y Justicia como Obispo para Almería, con la condición de una nueva demarcación de la diócesis. Acepta el obispado con dicha condición “confiando no en mis débiles fuerzas sino en los auxilios de la divina providencia”.

El nuncio monseñor Juan Brunelli, arzobispo de Tesalónica, inició el proceso en Madrid el 15 de octubre de 1847, terminando con la aceptación por el Papa Pio IX el 17 de diciembre de 1847. Las bulas las firmó el 24 de diciembre de 1847.

Fue consagrado episcopalmente el 9 de abril de 1848 en el Monasterio de la Encarnación de Madrid por Monseñor Giovanni Brunelli, nuncio de Su Santidad, asistido por D. Manuel Joaquín Tarancón Morón, obispo de Córdoba y D. Gregorio Sánchez Rubio obispo de Osma.

Tomó posesión de la diócesis de Almería el día 16 de abril de 1848, asistiendo las autoridades, corporaciones, nobleza y el pueblo.

El 29 de abril el Sr. Meoro escribe desde Murcia al presidente del Cabildo comunicándole que muy probablemente llegará a Cartagena un vapor que va en dirección al puerto de Almería y su intención de embarcar en él.

Se acuerda que los comisarios del año se encarguen de la preparación del tablado y de todo lo necesario adquiriendo, entre otras cosas, “cohetes para su disparo en los tipos y puntos oportunos a la mayor solemnidad”. Siendo escasos los recursos de los que dispone la diócesis se acuerda encargar un pectoral para entregarle el día de su llegada y abonar su costo los capitulares. El día 10 de mayo de 1848 llegó el obispo D. Anacleto Meoro a Almería.

La situación en Almería era caótica. Así, contestando a una carta de Brunelli del 19 de septiembre de 1848, D. Anacleto dice textualmente “Es tristísima la posición en que nos encontramos; acaso en Madrid creerían que exageramos… si vinieran a las provincias verían que es certísimo que por falta de recursos, ni el obispo puede cumplir con su ministerio, ni los párrocos en sus iglesias… unos y otros se ven afligidos con la más espantosa miseria, que los templos se ven arruinarse sin poder repararlos y que el culto se da a Dios del modo más indecente, faltando por necesidad a lo prevenido por sagradas rúbricas, teniendo que usar ornamentos y vasos sagrados que deberían estar recogidos…”.

La figura de Don Anacleto Meoro es tanto más impresionante si tenemos en cuenta la avanzada edad con la que llega al episcopado, 69 años y medio, y los achaques de la enfermedad de la que muere a los 85 años. Recibe una diócesis paupérrima después de la vacante más larga de la historia (15 años). No se ha obtenido confirmación de la grave enfermedad que le aquejó, pero por el contenido de una carta al Ayuntamiento de Senés en 1855 deducimos que pudiera ser Párquinson: “y ofrece acudir toda vez que las trémulas manos de V.S.I. enarbole el Estandarte de la religión Católica Apostólica Romana”.

Quizás uno de los mejores exponentes del pensamiento de D. Anacleto sea la pastoral que escribió sobre la “Armonía entre la Iglesia y el Estado”. En un documento dirigido al nuncio en 1858 le pide su intervención ante el Gobierno para que resuelva en bien de la Religión y de la Iglesia para cumplir esta su misión en la tierra. Dice “que los fieles relajan sus costumbres, se veja la Religión y desprestigia el Santo Misterio”. En nueve apartados hace exposición de los problemas existentes:

Hay indiferencia, no descreimiento, de verdades y prácticas religiosas. Olvido de las obligaciones cristianas. Usura y concubinatos, arruinando las familias y escandalizando la grey fiel. Los divorcios voluntarios sin intervención de la autoridad eclesiástica son muy frecuentes. Alguna vez va a la autoridad civil como conciliación entre conyugues.

Los días festivos y la cuaresma son escarnecidos. Hay robos sacrílegos y desacatos. Las exhortaciones del prelado y los párrocos son vanas. Las exhortaciones fraternales y suaves no vales. Cuando acudimos a la autoridad civil –dice- nos tratan con urbanidad y deferencia, pero hay un código penal que ata las manos. Desea que el Gobierno de S. M. restablezca disposiciones civiles que apoyen las leyes eclesiásticas y prevengan a las autoridades provinciales que den auxilio eficaz a los prelados, castiguen a los contumaces y corrijan lo necesario.

Los apuros del tesoro público son, sin duda, la causa de que no se reparen los templos. En dos de alguna consideración están sin templo parroquial. En otros pueblos y aldeas amenazan ruina, otros apuntalados, otros hundidos por la lluvia. Casi todos están afectados y necesitan reparación. Cuanto más se tarde será más costoso. Esto influye en el retraimiento de los fieles. Hay que urgir al gobierno para que libre fondos.

El crecimiento de la población exige aumentos de parroquias y ministros. Se proyecta hacer el arreglo parroquial. Envíe –dice don Anacleto- el expediente al Gobierno a fines de 1855 y principios de 1856. Ruego al nuncio active su planteamiento y ejecución entretanto se le permita que la provisión de los beneficios parroquiales sean en propiedad o en economato, pues aunque este último se me acaba de permitir, me coartan a uno por parroquia con determinadas circunstancias. Tengo pueblos con 4.000 almas con solamente tres sacerdotes.

La dotación de coadjutores es tan mezquina y la de párrocos tan insuficiente que los primeros apenas si tienen para vivir y los segundos viven sin independencia y decoro. Urge tratar este asunto.

No nos quejamos del pago de haberes del clero en esta provincia, pero es de manera tan independiente que desapareció la disciplina eclesiástica. Por decoro de la Iglesia hay que descartar el sistema. Que se encargue al prelado el cupo y él lo distribuya. Ahora somos meros asalariados del Gobierno, como empleados públicos y expuestos a las vicisitudes políticas.

Hay necesidad del establecimiento de órdenes religiosas según el Concordato de la Santa Sede y Su Majestad. Es notoria su necesidad. Aquí urge que devuelvan el Convento de Santo Domingo, hoy instituto, el de los mínimos de Vera, cualquiera de los de San Francisco de Albox, Cuevas o Vélez Rubio. Éste lo arreglaría el pueblo.

En la primera desamortización se vendieron, como libres, bienes que tenían cargas pías. En la segunda se han redimido muchas memorias. En el intermedio se recaudaron algunos atrasos aplicables a pías fundaciones y el Gobierno los hizo aplicar a la dotación del clero. Las cargas están sin cumplir, en fraude de los fundadores. Es necesario se lleve a efecto el acuerdo anunciado en el art. 39 del Concordato.

Es muy conveniente se deje expedita la provisión de las capellanías.

Conforme con los obispos, es necesario la celebración de un concilio nacional, y antes o después los provinciales y diocesanos, para cortar muchos males y arreglar los negocios eclesiásticos y que se respeten las costumbres, aunque no dé todo el fruto apetecido. Quizás no habría libertad de sufragios y de discusión y no creo nos auxilien a mandar su ejecución.

D. Anacleto también protestó ante el Gobierno por la prohibición que éste impuso a los obispos de condenar públicamente los impresos contra el dogma y la moral católica, y prohibió en la diócesis el libro titulado “El puro católico”.

Expuso siempre la contrariedad y agravio económico que había supuesto la desamortización de los bienes eclesiales “no creen que sea realmente un preocuparse de los pobres –cita D. Anacleto-, ya que está demostrado que con la desamortización no se beneficiaron estos sino todo lo contrario. Los bienes de la Iglesia además de ayudar a desempeñar bien los obispados y las parroquias, servían para los Establecimientos de Enseñanza Pública, Hospitales y Casas de Beneficencia, para mendigos e imposibilitados de trabajar y sus familias, sin contar los colonos, artesanos y braceros que sustentaban sus largas familias de estos bienes eran para ellos una garantía.”

En 1862 la reina Isabel II visitó Almería y el Cabildo en su visita por toda Andalucía. El Cabildo tomó medidas para preparar la llegada de la reina blanqueando la Catedral y realizando un nuevo dosel y comprando cera para la iluminación del templete, templo y otros. Se agasajó a la reina con luminarias en la fachada de la Catedral y una recepción. La imagen de la Santísima Virgen del Mar fue trasladada, como era tradicional en las grandes fiestas a la Catedral. En ella la Reina rezó ante la Virgen y debió llamarle la atención la pobreza de ropas ya que prometió enviarle un manto nuevo.

Durante el pontificado se erigió en la Catedral la Penitenciaría y se hicieron las obras en el Seminario. Así D. Anacleto afronta la gran obra de ampliación del antiguo edificio, duplicando la capacidad del mismo. La ampliación del edificio le traerá contrariedades, sobre todo en las relaciones con el nuncio Monseñor Brunelli. Estas contrariedades se derivan de su de su afán de utilizar un terreno contiguo de las Concepcionistas utilizando las facultades concedidas a los obispos por diez años por el motu proprio del Papa Pío IX. Después de diversas cartas y refriegas se zanjó la cuestión con la advertencia del nuncio de que le da licencia para la compra a las monjas del terreno con la condición de que entregue a ellas el dinero (14.815 reales).

Pero no terminaron aquí las disputas con las monjas. El monasterio de las claras, al no llegar la comunidad a 20 fue enajenado. Así pasaron a convivir en el monasterio de las Concepcionistas. A su llegada D. Anacleto las encuentra viviendo bajo el mismo techo pero no conviviendo. No conseguirá solucionar este problema sino que la solución le llegará en mandato episcopal. Don Anacleto planteará la unión de las dos comunidades. Adjuntará al nuncio el proyecto enviado a Roma. En éste se proponía hacer de las puras y las claras una sola comunidad, ya que ambas tenían la regla de San Francisco y solamente se distinguían por el hábito y poca cosa. Durante 9 años estuvo peleando D. Anacleto con la nunciatura, que sufrió cambio de titular pasando al Monseñor Barili, terminando con el rechazo definitivo por la Santa Sede –El nuncio le insiste en que se respeten las puras totalmente. Ya le insistió él y el secretario de Estado sobre el tema y ahora el mismo pontífice-.

En la tarde del día 2 de enero de 1864, el deán D. Francisco de Paula Gómez Barragán, convocaba con urgencia un cabildo extraordinario, dando la noticia de que ese mismo día a las dos y media de la tarde había fallecido D. Anacleto Meoro y Sánchez, obispo de la diócesis. Recibió sepultura en la capilla de la Esperanza. En su testamento anunciaba su deseo que se entregase a la Catedral el regalo recibido de SS.MM. los Reyes en su visita a Almería el 20 de octubre de 1862, consistente en una caja en la que se contenían un cáliz, patena y cucharita, todo sobredorado con relieves de mucho mérito.